sábado, 5 de febrero de 2011

De nuevo a la ruta... de nuevo a las letras.

viernes, 15 de octubre de 2010

La sala de espera de un hospital es el final de la utopía. Es el final del túnel, sólo que al llegar allí te das cuenta que no hay salida, ni luz, ni sol; nada más una pared, una pared de contención que te devuelve al comienzo, a donde empezaste. Nunca hubo ni habrá final, simplemente una calesita de almas en el parque de diversiones de la futilidad. Una galería de hombres y mujeres despojados de su humanidad, curtidos, golpeados, siempre listos para poner la otra mejilla. Sin nada que hacer, esperando la muerte, como quien espera el colectivo, con ramos de rosas en las manos y las arrugas en la frente y los ojos, contando los años como una condena, sin saber exactamente porque. Sentarse y esperar. Esperar el turno, esperar por los avances de la ciencia, enfermarse para sostener un sistema que está podrido desde lo hondo de sus raíces... y los hombres hechando raíces también, a punto de enloquecerse. En cada uno de ellos hay un dolor, una angustia primitiva que no puede florecer, que no ovula. En cada uno de ellos hay anestesia y plomo, sangre y leche. Un museo de estatuas de carne. Ya no me siento enfermo. Es esta farsa inmunda la que nos devora; el mundo tal cual como lo conocemos es una patología irreversible, regenerativa, metastática. Nosotros somos puramente objetos de observación, cobayas humanas, tubos de ensayos en los cuáles se se mezclan y condensan los fluídos de la evolución. Hemos sido despojados de nuestra espiritualidad, estamos desterrados de nosotros mismos, desterrados de dios. Empaquetamos la naturaleza para disponerla en heladeras, tememos a la muerte, porque no la comprendemos. Y estas no son más que palabras. No dicen ni intentan decir más que nada. Cuando la verdad descienda del cielo como una cúpula celeste, no necesitaremos decir nada. Contemplaremos nuestra obra y los violines inundarán nuestros corazones como una pileta, como una gota de vidrio grueso... como santos meando por encima de los tejados de medianoche.

lunes, 17 de mayo de 2010

Estoy pegado en esta maldita ciudad. La calles son fieras y la gente esta muerta. Puedo verlos a traves los vidrios de sus autos. Envueltos en sudarios, sin gesticular. El teclado esta desconfigurado y no puedo agregar tildes y lo unico que hay en esta ciudad son centros comerciales y cerveza. Todo envuelto en una nube de nafta y a las 8 todos a la tumba. Pero estoy pegado. Como un moco en un asiento de un colectivo, cabeceando en el recorrido nocturno, malabaristas, circunvalacion norte, chinos, ruta del Cercado, cocos, el Sambil, Metropolis, Barquicenter, el milagro americano, la patria bolivariana. Todo apagado, como una sabana de carbon, lobrega. Idiota. Ingles de cotillon, caribeño, polvora de chiches nuevos. Por el cercado unos locos hierven la campanita, andrajosos. Los cerros se aburren como putas en la sala de espera de un consultorio de acupuntura. Al otro lado, los malandros se relamen los dientes y alistan el monte para los monjes verdes de la plaza de la moneda. Otra vuelta mas...y lo unico que sigo viendo son extravagantes centros comerciales de maquetacion sudasiatica...aclimatando el ambiente, corren los bellos alisios acondicionados de ferreteria en su carrera loca a traves de las baldosas relucientes...devorando los bolsillos de sus clientes. Sus estados de animo.

viernes, 16 de abril de 2010

Improvisación en Valencia

El Gobierno Socialista
es amigo del pueblo
El Gobierno Socialista
cree en la redistribución
del ingreso
en la concientización
ciudadana
en la reestatización de la industria
El Gobierno Socialista
es anticapitalista
y por eso
todos sus autos
son (norte)americanos
El gobierno Socialista
maneja la producción nacional
y así cuida el bolsillo
de sus conductores
bronceados
cobrando más barato
el galón de nafta
venezolana
que un litro
de agua
envasada en alguna
montaña lejana
y sus restaurantes favoritos
son cadenas
extranjeras
bañando de neón
las ciudades
El Gobierno socialista
escapa de la crisis
con la carestía de un
producto
como consecuencia
de lo accesible de
otro
El Gobierno socialista
hace propaganda
por las calles
las paredes
las esquinas
en lo bares
en los cybers
en los puestos
de arepa asada
El Gobierno socialista
es social
El Gobierno socialista
es liberal
El Gobierno socialista
es Liberalismo Social

martes, 15 de diciembre de 2009

REFLEXIONES ACERCA DE UN AÑO DE LOCURA Y ABYECCIÓN —UNO MAS Y VAN...—

Toda escritura de un epílogo significa una tarea trabajosa. Es una realidad redundante, innegable. Tratándose de la síntesis final de algo, el triunfo de esta empresa demanda factores claves que no pueden prescindirse durante la faena: recopilación, análisis y, finalmente, elaboración. Tres pilares fundamentales de los cuales este texto carecerá rotundamente, por el simple y cruel hecho de que, en todo de lo que va del año, ni siquiera escribí dos renglones de un posible prólogo.
Pero, de todas formas —y esto ha quedado demostrado en varias ocasiones—, uno puede llegar a ser bastante certero aun pese a la poca preparación de lo que intenta llevar a cabo, sin necesariamente dejar plasmado algo aborrecible en el intento. Quizás esta sea la excepción, pero que va, sin lugar a dudas es la manera más divertida hacerlo.
Esta reflexión —si puede llamarse así— de este año que pasó no escapa de estos canones de improvisación, pero me parece una buena forma de cerrar esta temporada literaria de La Casita del Vasco —sin pena ni gloria— debido a que, mezlca de mi embotamiento cerebral, mi pereza y mi éxtasis respecto a las cosas que están por venir, no volveré a postear por un lapso de tiempo indeterminado.
En principio, es bueno aclarar que me cuesta mucho sufrir la densidad temporal igual que el resto de la gente: aunque no estoy totalmente excento de la sensación de que los años se me pasan cada vez más rápido —muy en parte por la noción innata y colectiva del tiempo—, cómo si realmente el reloj hubiera adoptado una actitud totalmente sádica hacia nuestros cronómetros biológicos, de todas maneras me cuesta mucho hacer retrospección y pensar y añorar minuciosamente todas las cosas que hice o dejé de hacer, tomando una medida concreta de la miríada de nimiedades y epopeyas que realicé a lo largo de 21 años. Supongo que la intoxicación sistemática de mi cerebro exacerba este proceso, encarnando el papel principal de gran contribuyente de mi indiferencia respecto al paso de los años. Dentro de lo que uno puede, es bueno desligarse un poco del eterno girar las manecillas, al menos si uno pretende no volverse un esclavo de esta mentira flagrante que configuran los calendarios.
Justo ahora, que recién me pongo a enumerar mis acciones pasadas —las de 2009, claro— con un poco más de énfasis, me doy cuenta de la cantidad de planes inverosímiles que entablé y nunca concreté, solo en algunos casos y secundado por mis adláteres en otros: venta de cocaína; viajes apócrifos a lugares apócrifos sin ningún dinero; latrocinios rocambolescos e irrealizables bajo todo punto de vista; compra de ropa en ferias de segunda para su posterior reventa en ferias de cuarta; la presunta creación de una revista de la que no queda más que el recuerdo de una larga conversa de borrachos; y muchas otras falacias que en este preciso momento no recuerdo, pero eran sin dudas igual o mucho más estrafalarias que las anteriores. Son todos planes que, inexorablemente, terminaré llevándo a cabo en uno u otro plano, para aquel que entienda la ecuanimidad que convive entre lo real y lo ficcticio; en este caso particular, la que habita en las letras.
También podría enumerar una cantidad de cosas grandiosas y pésimas que me han ocurrido, pero eso prefiero reservármelo para mi burbuja privada. Si es que alguien lee esto, no creo que le interese demasiado, y tampoco es mi intención distraer con anécdotas personales que no harían más que alejar del relato. Aunque sí me gustaría aclarar que me siento un agradecido por haber participado, directa o indirectamente en ellas.
Entonces, ¿Por qué estoy escribiendo esto? ¿Cuál es la finalidad de un texto qué intenta aglutinar todo lo acaecido en casi 365 días y retratarlo lo más fielmente posible a la realidad
—la misma que cualquier buena ficción— en la cual ocurrió? ¿Será que acaso me estaré volviendo un nostálgico? ¿Será que, finalmente, como dice el tango, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado? ¿Me habrá ganado la añoranza finalmente? No, nada de eso. Es que, de manera casi automática, vaya uno a saber porque, cada vez que un nuevo año asoma la trompa, la gente entra en una especie de vorágine digna de una obra de teatro ensamblada por los internos del neuropsiquiátrico Borda que merece la pena ser retratada. Es entonces cuando se comienza con la recopilación de datos —superfluos o significantes— que configuraron nuestro año anterior y que nos da cuenta de lo efímero de su duración.
En el inconciente colectivo se instaura muy profunda la sensación de que una nueva oportunidad de comenzar es posible: no importa si se trató de un año estupendo, mediocre o espantoso; TODOS quieren que llegue el año nuevo. Se trata de una manera eficaz de parar la pelota, baldear el cerebro un poco e ilusionarse con que todo lo que viene a continuación será mejor —o no podrá ser peor—, pese a que nuestra coyuntura no sea demasiado promisoria o esperanzadora como para poder entusiasmarnos con nada. Claro está, que para algunos locos de mi estirpe, el año nuevo no es mucho más que unas cuantas botellas de licores, asado y fiesta. No puedo negar que se trata de un momento realmente agradable: para alguien que se crió en una cultura sumida en la degeneración y que aprendió a no sentirse un advenedizo en ella —al punto de sentirse cómodo en la misma—, mandar todo al carajo, y encima con un poder de justificación consensuado, es una sensación increíblemente espectacular.
Pero tampoco hay que brindar de más; no es bueno volverse un incauto con tanto tránsfuga suelto merodeando nuestro banquete.
El 2009 fue otro año bastante convulsionado de esta primera década del tercer milenio que nos toca atravesar: casi —casi, uf— presenciamos la caída de un sistema tan nefasto que termina por asfixiarse a sí mismo, cuando, como era de esperarse, los gurús de la propiedad privada salieron al rescate como saetas: no van a dejar que el nene se les caiga de los brazos tan fácilmente. Por supuesto, fiel a como nos tiene acostumbrados esta doctrina, esta auto-constricción tiene como saldo a miles de personas en una situación bastante comprometida respecto a lo que vendrá de cara al futuro.
Fuimos testigos de la ascensión del primer afro-americano electo presidente en la potencia del norte, el mismo que , paradójicamente, luego de ser galardonado con el Premio Nóbel de la Paz dispuso un nuevo envio de tropas del ejército para establecerse en sus bases en Afganistán.
Nos encontramos frente al punto límite en lo que respecta a la condición climática del planeta y parece imperativa la necesidad de empezar a tomar medidas drásticas que, de no ser tenidas en cuenta, podrían desembocar en calamidades irreversibles para nuestra vida terreste.
En nuesto país pudimos observar, por primera vez en la historia, la mayor proliferación de partidos en contra del oficialismo gracias a la indulgencia de nuestra presidenta, que empezó a gestarse a mediados del año pasado, con un episodio que duró tres meses, en el cual unos tipitos cortaban la ruta, apeándose de sus camionetas de 80 mil dólares, quejándose de que no podían vivir con lo poco que ganaban, derramando leche en la ruta, mientras los pibes villeros no tienen ni pa´ comer un sopita.
De ese riñon de la oposición, supimos del antaño ignoto empresario De Narváez, que gracias a su mediática campaña panfletaria y su elección en los comicios de mitad de año, hoy ocupa un lugar en la Legislatura de la Nación, listo para intentar privatizar hasta las medialunas junto a su querido secuaz M&M.
Por supuesto, en este final del tramo, no podemos pasar por alto la aparición del heredero de una de las empresas de chocolate más importantes de la Argentina dispuesto a patinarse un par de millones con tal de que cada vez que prendemos la caja boba no podamos evitar encontrarnos con su imponente figura intervenida quirúrgicamente no menos de un centenar de veces.
Claro, para el escéptico de turno que venía leyendo hasta aquí y se relamía con gusto, también hay buenas: la ley de medios, que posibilita, de alguna manera, la multiplicación de canales para muchas bocas que tienen algo para decir.
No. Es una época para tener la guardia arriba. El equilibrio de nuestra vida —en todo caso, el de nuestra salud mental; de todas maneras, ambas me resultan analogías compatibles—, pende de una cuerda muy angosta, y nosotros somos los funambulistas borrachos que intentamos atravesarla sobre una pileta infestada de cocodrilos en su interior.
En este momento de cambio, en este llamado preciso a la reflexión, es el tiempo exacto en el cual debemos estar más juntos que nunca. Tenemos un poder hermoso y es preciso que no lo desperdiciemos; porque no se trata del poder de una corporación, ni el poder que se retroalimenta a sí mismo de la individualidad que pregona el statu quo que nos administra como si fuéramos carne de cañón. No, no es eso. Es el poder del cambio, el halo de nuestra propia energía. La oportunidad que tenemos, de ahora en más, tomando cada nuevo día como una nueva vida, de lograr que esto cambie de una vez por todas.
Así que tenemos dos caminos: el correcto, que nos llama a armonizarnos con la naturaleza, a reconceptualizar nuestra cultura y escuchar la palabra de los sabios de antaño, que en tan perfecto equilibrio vivían con todo lo que los rodeaba; o el equivocado: empecinarnos en seguir tras nuestros triunfos individuales de subsistencia, destruyéndonos entre nosotros mismos, haciendo elucubraciones de lo que pudo haber sido y nunca ocurrió; esperando, hamacándonos en la misma vida sosa y anodina a que todo explote sin siquiera darnos cuenta que tenemos otra oportunidad. Sí, una más.
Amigos, el enemigo está ahí, en frente de nuestras narices. Depende de nosotros, solamente de nosotros, el aceptar que podemos hacer algo con lo que se nos presenta, o ser parte de otra generación perdida para seguir brindando para que lleguen los años nuevos para ver que migaja del pan dulce nos toca esta vez.
Así que no lo sé. Hay probabilidades de que la cosa cambie… o no. Quizás el mundo explote al diablo, como dicen las profecías, quien sabe…o quizás me vuelva totalmente loco, que es una posibilidad que se me baraja como bastante interesante.
No lo sé, realmente no lo sé…es esa incertidumbre la que me inquieta y me mantiene vivo. La misma que a ustedes. ¡Buen año!

lunes, 7 de diciembre de 2009

La más popular...


Poesía. Prosa. Literatura. Todo muy lindo. Pero esta vez —al menos una vez—, me gustaría hablar de algo realmente importante: sí, adivinaron: fútbol.
Claro, decir esto es poner el grito en el cielo, alentar a la eterna discusión. Nunca faltará alguno que diga que gastarse en esto es una gilada, una pérdida de tiempo, una distracción para la masa, un negocio que juega con los sentimientos del pueblo; bueno, si por casualidad leés esto y adherís a la idea, hacé click y seguí de largo, porque francamente, me importa tres carajos lo que pensés.
Y es que es así; uno no es otario y sabe que todo lo dicho anteriormente tiene una gran parte de verdad. Lamentablemente, el fútbol, como todos los deportes —como toda la cultura en general, bah—, es un vehículo con fines de lucro. Los clubes son instituciones, y como tales, su única finalidad, más allá de todo lo que lo que se pueda llegar a aparentar, es recaudar dinero. Los ejemplos están a la vista: vean en lo que se ha transformado el Club Lanús, el club de mi barrio, y saquen sus propias conclusiones: ya no existe más un lugar común para el hincha, no existe la contención como quizás si la hay en un club de barrio, o una sociedad de fomento, donde las cosas se hacen a pulmón y la idea primordial es promover la cultura barrial. En los clubes —los clubes grandes, los que poseen fútbol profesional— uno es un número más, otro adscripto a las manos de un grupo de delincuentes. Porque así es, como en todos los lugares comunes; los clubes se manejan con dirigentes, los parásitos más grandes que pueden proliferar en las entrañas de una institución. Gente que habla lindo, que entabla discursos morales y que pretende hacerle creer a los hinchas que, gracias a ellos, las cosas andan bien o mal, de acuerdo a la aceptación que uno tiene o no con respecto a su palabra. No son más que coorporativistas del deporte; por algo será que una gran parte de esa sarta de inescrupulosos son letrados o empresarios, gente que conoce como es el negocio y sabe donde y cuando meter la cuchara. Los discípulos del gran Julito.
Y, aunque no sea necesariamente la única manera de ampliar la plusvalía a costillas de un club —ni la más eficaz, claro—, la cosa tiende a desarrollarse de manera muy gradilocuente. La ecuación es fácil: cuanto mejor ande el equipo profesional de fútbol, más se puede sacar redito de eso; mayor número de socios, mayor aumento en la cuota social y reestricciones a los no afiliados para que se sumen al pelotón.
El crecimiento institucional es una mentira: todo, o casi todo, se destina a enriquecer los bolsillos de los que manejan este negocio millonario. Y después me vienen a hablar de los barras bravas; por favor, como si los que manejan los clubes no fueran cómplices y gerenciadores de los mismos. Yo no estoy en contra de los barras, estoy en contra de los que los administran y les dan los medios para que se manejen a sus anchas. Después de todo, ellos sólo se llevan un tajada muy pequeña en comparación a la que agarran los directivos.
Entonces, cuando los dirigentes son unos ladrones, cuando los jugadores son mercenarios a los que les importa tres carajos la camiseta, porque un día se besan el escudo y al otro día firman para un contrario que les ofrece una suma más jugosa, cuando los periodistas, los buchones más grandes que hay, los medios, las empresas, las marcas deportivas, TODOS, se arriman para buscar la migaja que deja una pelota que rueda por el césped, lucrando con la pasión, ¿Quién es sino otro que reivindique el verdadero amor a la camiseta que el hincha? Porque, amigos, los clubes no son —no deberían ser— otra cosa más que su gente. Y al que me quiera discutir que el fútbol es una idiotez, le doy la razón, pero solamente le pregunto si alguna vez, de puta casualidad, gritó un gol y sabe lo que se siente; o si lloró o se amargó por perder un campeonato, o si, solamente, en la puta vida de dios, se emocionó tanto como me emociono yo cuando veo a la gente contenta, cantando, emocionada, chispeando, dejando de lado sus morisquetas de cara de enchufe de día de semana por el solo hecho de seguir a un equipo de fútbol. Eso, señores, no es ninguna institución. No es ningún contrato multimillonario. No es ningún analista de corbata hablando idioteces atrás de un panel de estudio de TV. Eso es LA GENTE, es el PUEBLO. Y si algún intelectualoide moralista —nunca faltan— considera que veintidós tipos adentro de una rectángulo de cien metros por cuarenta y cinco, corriendo atrás de un fulbo es algo que sólo puede apasionar a una manga de cavernícolas, es probable que tenga razón, pero que no se olvide jamás que el humano se rige, justamente, por la ley de la idiotez, el guión panfletario de los grandes conspiradores: laburar ocho horas, ir a la facultad, tener hijos, hacerce puto, escribir un libro, tocar la flauta, cultivar remolacha, aparecer en los diarios: todo es parte de la misma inverosímil película surrealista; lo único que uno hace es simplemete hegemonizar —mientras la circunstancia se lo permita, por supuesto— la actividad que considera más importante es su vida, tratando de encontrale un sentido a esta, sentido del cuál, justamente carece.
Pero sin ponernos demasiado filosóficos y volviendo al tema de los clubes, esos con los cuales la gente se identifica y se apasiona —porque en verdad, no son sino ellos el verdadero alma del equipo, por no decir que SON el equipo— , no puedo evitar emocionarme cada vez que me toca ver jugar al glorioso Newell´s Old Boys y tengo el privilegio de ver a su gente, siempre apoyando, cuando toca festejar y cuando toca sufir. Porque la gente de la lepra es así, deja todo por Newell´s.
La Más Popular canta que "el periodismo, no lo puede creer y la policía no para de correr", y es un verdad tan flagrante que queda evidenciada en cada cancha en la que el rojinegro juega. Porque a Newell´s el periodismo no lo favorece, y porque Newell´s no necesita del periodismo para demostrar que es grande en serio. También porque la policía, esa gran élite de protectores vestidos de azul que configuran un riñon demasiado importante de esta violencia cultural y sistematizada en la cual estamos inmersos, sabe que con la gente de Newell´s no se jode, porque con el pueblo no se jode, y Newell´s, mis queridos, es pueblo.
La grandeza de la lepra se devela en cada estadio, en cada cada movilización, en cada estrofa que miles de gargantas corean al unísono. No importa la cantidad de falacias que esgriman nuestros sempiternos rivales SinAliento y la hipérbole de los medios que los apañanan; repito: los hechos hablan por sí solos.
Estoy realmente dolido por lo ocurrido en el partido contra Arsenal. Ahora que el sueño del campeonato se complica realmente, es difícil aferrarse a la ilusión de algo que se presenta muy difícil. Pero bueno, suena a gran cliché, pero dicen que lo que se pierde último es la esperanza, y nada está dicho todavía. Así que sólo puedo hacer fuerza para que mi querido rojinegro pueda dar una vuelta más. Y si no se puede, bueno, será una de las amarguras que este deporte te da, de las mismas que te da la vida; después de todo, ambas son parte tanto de una como de la otra.

martes, 1 de diciembre de 2009

Poesía para Buenos Aires

Arriba del colectivo
Espío a través de la ventanilla
Bordeando el puente Pueyrredón
Cuando a mi lado
No hay más que ojos cansados
De las 23:30
De la húmeda Bs. As
Me cuestiono
Qué es lo que se mueve
El colectivo o yo
O ambos
¿Estaré acaso en la cápsula del tiempo?
¿O es todo solamente la transitoriedad
De la materia siguiendo su flujo
Como Loco Río de Eternidad?
¿Es qué el camino nos devora
Como Cronos comiéndose a
sus hijos?
Es mi cabeza
Que me pasea por todos lados
¿Qué es lo qué te pasa Bs. As?
¿Qué te agobia tanto?
Solías soñar con los ojos
Abiertos en cada ventana
En cada librería
Bañada de polvo
Ahora te veo apagada como un neón aburrido
Ya no hay más revelaciones que descubrir
Arriba de tus colectivos
De medianoche
Cuando tu brillo es opaco
Como una corona de lata
Y tu panza está atorada
Con folletos innanes
No más revoluciones
En tus tazas de café
Sólo parloteo hueco
Y ademanes huecos
Sobre huecas mesas de algarrobo
Del Amazonas
Ah, ¡qué lástima Bs. As.!
Todavía te extraño
A pesar de nunca
Haberte conocido
Aunque la atemporalidad
De la poesía
Te desnude bajo mi añoranza
En el recuerdo de tu locura
Cuando tus tripas eran
diamantes saltarines
Bailando afiebradas
En la comparsa
más desfachatada de todas
Mientras la nitroglicerina
Se acomodaba en mi biblioteca
Agitada
¡A punto de estallar!
¡Y ahora sos tan cruel!
¿Qué te pasa Bs. As.?
Fito Paéz quiere exorcizarte
Cuando ya no hay más
ningún Yogui de culo flaco
Practicando mantras sensuales
Desnudo en la punta del obelisco
Como un pija gigante en medio
De un mar de colectivos de
Benarés
Yo recorro tus calles y me
Petrifico inconmovible
Cuando veo tu bazar
De oropeles de importación noruegos
Bs. As.
No es culpa tuya
¿Acaso son culpables los dioses del dolor
de la humanidad?
No lo sé
Quizás los profetas lo sean
Tal vez McDonalds
Tenga algo más que ver
En el asunto
Pero tampoco me importa
Starbucks ya abrió su cadena
Sobre tus calles
Va a estar bueno Bs. As.
El culo frío de Disneylandia…
¡Somos la gran esperanza blanca!
No, no te culpo Bs. As.
New York city está muy lejana
De las calles de Lanús
¿Cómo saber quién
sos cuándo Palermo
tiene cuatro
Nombres distintos y
En ninguno tiene reserva
mi olfato Rastreador
de tormentas?
Pero no te guardo rencor
Todavía puedo oler el sabor
De la sangre bullendo
A través de tus baldosas
En los escondrijos
De tus bodegones
De borrachos
Aunque mi olfato
Esté inundado
Con fragancias apagadas
Del riachuelo
Y los oídos no sean
Más que bombas
Que se detonan al otro lado
De teléfonos celulares
Cuando mis palabras
Se encuentran totalmente
Desenchufadas
Bailando en un tambor
Al otro lado del charco
Por eso te canto Bs. As.
Solo quiero verte
Llameando
Como un encendedor inquieto
Pero estás asustada
Sos presa de la historia
Atrapada entre una A y Z
Con un guión-designio
De 1945
Escrito en una base
Norteamericana
Digna de una película
De terror clase B
Es el abecedario del miedo
Hey! Bs. As.
Dejá que bese
Toda tu medrosa herida
Con mi boca aterciopelada
Sé amable y
Correspondé a mis caricias
Con una sonrisa
De tus dientes
De cemento
Y nuevamente un sonido
De tu bandoneón punzante
Todavía arriba
Del colectivo
Vuelvo a pensar
En tus bares
Donde
Me disfrazo de camello
Bebo un trago largo
De arena
Y trabajo de Ari Paluch
En pleno trance místico
8 horas
5600 + aguinaldo
25 días en Punta del Este
Es el fervor
De tu bohemia de pacotilla
Ornamentando los
Pasillos de tus
Facultades
Inundando las oficinas
Mis impostores ojos
de Citroen Almendra
Tuercen mi mirada
Veo tus lindes Bs. As.
La vuelta a los suburbios
Las luces del puente
Adornando como
Una navidad artificial
Cuando el mejor Papá Nóel
es un chino que fue
Galardonado en Suecia
Una navidad bastarda
Auspiciada por Friedman Catering&Co
Con un pesebre electrónico
Al lado del arbolito
Es la fiesta
De los que otean el reloj
Y cuentan los minutos
Para que termine el miércoles
En tus húmedas vísceras
De noviembre
La de los que no tienen ganas de levantarse
Ni saben en que día están parados
Ni que navidad tienen que festejar
Para soñar una nueva vida
Que comienza mañana
Y pasado y pasado…
La de los que brindan de más
En navidad
Y en año nuevo
Y varias fechas más
Inclusive feriados
Brindan por una suntuosa
Estatua de oro rosa
Brillando arriba
de un pedestal de mierda
Yo brindo por vos
Aunque tengo que
Admitirte
Que brindo más
Por mí mismo
Se te mojó la mecha
De los petardos Bs. As.
Y ahora tan solo
Me queda la nostalgia
De no haberte conocido
Y una batería de petardos en la cabeza
Con una chispa prendiéndose
Ávidamente sobre su mecha pirómana.